Juan Carlos Nadal (Juan Angel Blasco Carrascosa, 1994)

Pudiera parecer ocioso anterior aquí que el concepto de “lo observable” ha sido, es –y será- objeto de ampliación por la inmensa mayoría de esa reducida pléyade –minoritaria, claro está- de artistas que se han afanado por ensanchar el campo perceptivo, fruititivo e intelectivo, de lo que comúnmente se entiende por “la realidad “. Y también sería pretencioso –como si de una idea original se tratara- subrayar en esta ocasión que la fotografía ha contribuido de manera fehaciente –y aún definitoria- a un notable desbordamiento de “lo observable”.

La peculiar poética plástica de Juan Carlos M. Nadal (Alicante, 1966), se inscribe, en mi opinión, en la orientación artística que apuntamos. Como haciendo escuchado en dictado de Susan Sontag, quiere reivindicar –a partir de la herramienta fotográfica- una dilatación del horizonte, no ya de “lo observable”, sino “de lo que tenemos derecho a observar”. Y con tal propósito, Nadal fotografía aquella “realidad” que –previa selección- recompondrá, a fin de crear una “nueva realidad”.

El procedimiento empleado no es sino la consecuencia lógica de una calculadora conceptual: fotografías que se recortan y se superponen empleando un eficaz ardid combinatorio, con la intención de lograr una composición estética que produzca un efecto sorprendente. Incursión, pues, en el recurso de la manipulación y acumulación –collage resultante hará aflorar ironías y contrastes dirigidos a impactar el ojo del espectador.

Pero no acaba en este punto la tarea –perspicaz, paciente, meticulosa- inventiva de Nadal. En su consciente asunción de laborar en pro de la “transposición de la realidad” –trabajo propio del artista que se precie-, se apresta a “incorporar” esos fragmentos fotográficos de realidad, extraídos de rostros humanos, caras de hombres y mujeres, a la “pintura”. Quiero decir con ello que tales porciones icónicas van a ser utilizadas por su autor en cuanto que “ingredientes” de lo que acabará constituyendo el “cuadro”. Tratamiento que supondrá una “otra superposición” con barnices y encolados, además del oportuno “encuadramiento” en unas estructuras de hierro oxidado. De esta forma, las franjas metálicas –que generalmente adoptan la forma rectangular, en disposiciones paralelas-, coadyuvarán a una exaltación de las recortadas imágenes fotográficas. El contraste –y la integración- operados entre el hierro y la fotografía –negros y ocres, que tapan, y resaltan también, los grises y negros de la emulsión fotográfica-, se formulará, a veces, en “juegos compensatorios” de aparición o ocultación, con un ritmo gradual que ofrecerá a la mirada el tema icónico que se ha escogido para el discurso creativo.

En el fondo, el quid de la cuestión que en la obra artística de Nadal se plantea, es una suerte mistificadora de la que –en primer momento- pudiera corregirse como “figuración” o “abstracción”. Y no sólo eso: la importancia asignada al tema de la mirada –en el caso de que nos ocupa exenta de narcisismo-, unas veces proyectada desde el “cuadro” hacia el espectador, y otras reclamando desde afuera hacia adentro la propuesta plástica ofertada, que se sirve para una aprehensión inmediata y global. Miradas que, en se reciprocidad, te penetran como intentando traspasar tus nadires más ocultos, al tiempo que –desde el desprevenido, pero pronto reactivo “yo”- intentan introducir en el cuerpo del objeto artístico el alma insaciable de la curiosidad propiciadora del goce estético y el –siempre inmarcesible- anhelo de intelección.