Pliegos de movimiento (Alicia Monteagudo, 2012)

Seis minutos no bastaron para replegar el espacio sobre sí, para empaquetar los trazos, o hacer tributo a las nubes gaseosas cuyo devenir será fijado.

Virajes múltiples y aleatorios hacen voltear los surcos, que pasarán a ser remolinos con furia de Tsunamis; girar el pensamiento, girar alrededor, girar dentro del giro, girar tanto que las constantes se acelerarán al unísono con la danza pictórica.

Ritual de movimientos corporales que alternan al límite contrarios como vacilación y decisión, o acción y reflexión. Con la tensa misión de que lo líquido no solidifique antes de tiempo, o bien, que el plano lo atraviese como siempre en diagonal.

Tras la primera epidermis habitan otros tonos: blanco, negro y bermellón, camuflados en parte por las primeras capas. Velan de forma semiausente, hasta conseguir que todo vibre, aproximándonos a la siguiente dimensión, a la naturaleza tangible.

En el intento de capturar el movimiento de la mancha sucumbe la experiencia concentrada en inmediatez. Un control poderoso del gesto y del trazo, nos sitúa en el abultamiento de los pliegues fruncidos por planos.

Formas de humo diseñadas siempre sinuosas. Volteretas de acción que, en ocasiones, se prolongan en busca de una salida del formato, agrandando lo plasmado al mundo externo, formando parte de él. Peanas que muestran el origen de las formas, que ya son obra y parte, que canjean su soporte para existir.

La luz incide del fondo, de la parte posterior, valorando el conjunto que atraviesa un laberinto apenas sin ángulos, casi sin esquinas, luz que impera de forma circular, radiando los contornos vertidos en la silueta resultante de la erosión del agua. Luz que se cuela entre las distancias no ocupadas, entre los huecos que permiten ser atravesados. Y las sombras propias se difuminan, unas veces degradadas, otras se nos presentan en primer término, de manera evidente.

La bravura espumosa de la curva irrumpía para posteriormente volver a marcharse con la misma premura que había aparecido. Resultó plenamente inundado. Repitiéndose la secuencia del qifu hasta que la marea cediera en parte.

Por otro lado, el temporal ya se había encargado de seguir su propio curso de forma análoga, aunque sucedía mucho más arriba, en las alturas extremas. Desde tierra parecía que los sucesos ocurrían de otro modo, la distancia ralentizaba la velocidad, pero no por ello eran menos ciertos.

Me preocupé de que la pintura se eternizase en la acción, mientras que la escultura se detuvo buscando un equilibrio que la sostuviese. Ella se convirtió en memoria, aún con sus inclinaciones imposibles la vida se le interiorizó. Pero lo pictórico continuó existiendo, a pesar de su bidimensionalidad.