La Fundación Bancaja incluye en su programación una interesante exposición titulada “Cos d’aigua” de Juan Carlos Nadal, incluyendo breve recorrido por las tres últimas etapas de su creación artística. Una vez más, las salas de la plaza de Tetuán en Valencia se convierten en centro de irradiación del arte vivo, del arte de nuestro tiempo. El visitante podrá seguir la evolución del pintor a través de una sucesión de pinturas, esculturas, dibujos, vídeo y performance que corresponde a diferentes momentos de producción del alicantino.
Se hace difícil comprender la pintura contemporánea más actual, muy particularmente la valenciana, obviando la figura de Juan Carlos Nadal. Su paso por este emblemático espacio de la ciudad del Turia pondrá en valor su meritoria aportación plástica.
La simbiosis entre medio natural y presencia humana.
El conjunto de ideas estéticas de los artistas puede entenderse como resultado espontáneo de un conjunto de circunstancias que ejercen influencia y que transforman poco a poco el arte de manera sustancial. El mundo de la creación siempre ha mostrado inquietud por imitar, escuchar y contemplar la naturaleza, por la observación del mundo natural. La rebelión de algunos grupos artísticos en los últimos años frente a la destrucción de la naturaleza, ha unido a muchos creadores en conformar un capítulo más del arte actual, erigiendo en protagonistas los vestigios del pasado y valores medioambientales; inquietud que salta a la vista en el pasado, como en el presente, en la obra de nuestro artista.
Volviendo la mirada atrás cabe recordar que, una vez superado el simbolismo religioso del siglo XV, la pintura cambió notablemente. El dominio de la perspectiva y de la profundidad renacentista encaminó a los creadores hacia una pintura cada vez más realista. Bien conocido es que a lo largo del siglo XVII, la pintura holandesa ofreció las primeras versiones del campo y de la naturaleza, convirtiendo la tierra en lugar de esparcimiento y de sublimación estética.
El arte, a través de la necesidad de imitación ayudó a configurar la mirada del paisajista. Fue a través de la obra pictórica desarrollada en los Países Bajos, como aumentó el conocimiento visual del mundo, convirtiéndose los cuadros en ventanas de contemplación. En definitiva, aquellos pintores del pasado consiguieron presagiar el triunfo del paisaje romántico y del pintoresquismo del siglo XIX, y del mismo modo que se adelantaron doscientos años a la importante aportación de la fotografía.
Los términos paisaje y naturaleza no son exactamente lo mismo, aunque ambos tienen que ver con el entorno físico y la forma en que lo percibimos, y lo experimentamos. La naturaleza es un componente del paisaje, aunque hablar de paisaje no sea lo mismo que hablar de naturaleza, es evidente que están íntimamente relacionados.
Todo paisaje ha merecido siempre multitud de lecturas que van más allá de lo que somos capaces de mirar, pero en el siglo XXI irrumpe un cambio sustancial con relación a este tema tan relevante. Los creadores actuales preocupados por el medio natural reconocen en la utilización decorativa de la naturaleza una frivolidad. Los artistas de las últimas décadas han hecho de la idealización romántica de la naturaleza un símbolo poderoso de reivindicación, transformándose el artista en espectador privilegiado que cree tener la obligación de defender su entorno. Por esa razón el tema de la conservación y preservación de la naturaleza gana especial impulso en el siglo XXI. El arte se ha convertido en agitador encargado de excitar las pasiones colectivas universales; ya no cuenta el pintor cómo es una campiña, ni tan siquiera cómose siente el pintor al contemplarla.
A pesar de las semejanzas que comparte Nadal con muchos artistas de su generación, no deben ocultarse las diferencias, pues más que otra cosa el pintor alicantino manifiesta gran preocupación al poner al descubierto uno de los aspectos significativos del binomio humanidad/naturaleza: su historia. Noshabla de ruinas inmortalizadas en piedra, de auténticos monumentos que han superado el tiempo para responder a los infinitos interrogantes que encontramos en el pasado ancestral y sus silencios, de esa memoria olvidada. Una original reflexión sobre la fuerte huella que deja la presencia del ser humano en el medio natural, susceptible de ser apreciada en el suelo, en el mar, en los ríos o también en la atmósfera; se transforma el creador artístico en una especie de paleoantropólogo y oceanógrafo. Abre y explora la relación entre el hombre y la naturaleza, la interacción entre el entorno natural y la presencia humana, creando piezas que reflejan la armonía, el conflicto o la simbiosis entre ambos.
Reconoce Juan Carlos Nadal que esta forma de entender el arte le conecta con el legado de nuestro pasado más remoto, cuyo verdadero significado original puede haberse perdido, pero sigue siendo puente hacia nuestra esencia más profunda. Siente que su manera de entender el arte tiene que ver con nuestros ancestros, con algo que todos llevamos dentro. Las piedras son los grandes tesoros de la humanidad. Para él, las huellas fosilizadas preservan instantáneas de los antiguos comportamientos y permiten comprender la vida humana pasada.
El rastro que deja la presencia humana en el medio natural es una cuestión fascinante que puede abordase desde diversas perspectivas. Primero tratando el impacto ambiental que genera la acción humana en el entorno, haciendo hincapié en esos enemigos silenciosos: contaminación, deforestación o el cambio climático. En segundo lugar, la de profundizar acerca de las intervenciones físicas que pueden reconocerse en el paisaje, aquello que podríamos denominar “huella visible”: las construcciones de edificios, carreteras, puentes, etc. Tercera y última, monopolizada el artista profunda reflexión acerca los “vestigios espontáneos”, que a lo largo de la historia de la humanidad han subsistido. Huellas que quedan de épocas arqueológicas y restos que forman parte de la historia natural de la Tierra.
En definitiva, la obra de Nadal persigue recapacitar acerca de las antiguas épocas geológicas y su impacto. Y guardar celosamente los secretos de un pasado ya olvidado. Los títulos de sus telas y esculturas dan visibles claves iconográficas. Vestigios, Cave Flutings y BLombos, etc. En 1991 se comenzó una excavación arqueológica al sur de la ciudad del Cabo (Sudáfrica) y se halló, sobre una piedra de hace 73.000 años, el dibujo más antiguo del mundo hasta el momento conocido. Rinde homenaje con el nombre del yacimiento, BLombos, a tales restos de un pasado extinguido pero muy conocido de la antigüedad.
Una de las esculturas de esta exposición Azuébar, fue bautizado el paraje situado en el corazón de Parque nacional de la Sierra de Espadán al sur de Castellón.
Tensión, movimiento, inestabilidad.
Además de la referida relación con el pasado y el incentivo que supone el hecho de internarse en un laberinto de marcas o señales ancestrales, tres son los aspectos fundamentales sin los que no se entiende la obra de Nadal: tensión, movimiento e inestabilidad. Bajo esta perspectiva, la atracción que siente sobre los procesos de circulación de los fluidos, las corrientes, la evaporación y movimientos de agua, de los sistemas naturales, biológicos y tecnológicos, y sus reacciones en lo ambiental; en suma, evolución casi osmótica con la naturaleza y sus procesos de cambio. Por eso el mar -tema siempre recurrente- representa para el artista un elemento de esa naturaleza que se mueve.
Pueda parecerlo, pero el mar no se erige en la trama principal del mundo creativo del alicantino como antaño lo fuera para otros muchos creadores. De cualquier modo, esta temática ofrece al creador interesantes recursos plásticos por sus relaciones con algunas formas que engendra el movimiento constante del agua.
Permítaseme precisar que distan mucho de la visión de un paisajista, de los marinistas del siglo XVIII y XIX. La mar -desde la Odisea a los cuadros de Sorolla- ha sido desde siempre recurrente en el arte, en la poesía, en la literatura y en general en la pintura, pero para la mayoría de los creadores actuales, la temática marina ha quedado prácticamente obsoleta; los artistas contemporáneos ya no lo emulan casi nunca. En un pasado no tan lejano, pensar pictóricamente en el mar era hablar de la placidez de las obras de Matisse, como de la agresividad y melancolía de un Picasso. Es redescubrir el Mediterráneo de Renoir, Monet; las aguas de Van Gogh, Mir, Anglada Camarasa, Signac en Saint- Tropez, Derain en L’Estaque, Pierre Bonnard en Le Cannet; los italianos De Chirico, Carlo Carrà, Massimo Campligie; los artistas de origen valenciano, Cecilio Pla, Ignacio Pinazo o Enrique Martínez Cubells. Pero, más que nada, evocar el mar significa apelar a la figura de Joaquín Sorolla, el más personal y emblemático. El mar lo fue todo para él, La obra Triste Herencia, obra ambientada en la Malvarrosa, -propiedad de la Fundación Bancaja- supuso más que ninguna otra obra su consagración como artista internacional.
Nadal, como Sorolla, nació junto al Mediterráneo y sabe bien lo que es sentir esa añoranza intensa por las playas de su infancia, de tocar el agua en movimiento, adentrándose de forma diferente, se empapa del movimiento de las olas y fija su atención en esas curvas que hace crestear el agua. Kanagawa, Bohai, Cos d’aigua, Mar de nubes, Posidonia, Morgana, Ones, nos muestran la relación especial que el artista establece con el movimiento de las olas y el movimiento del mar.
En definitiva, la pintura es como una acción del sol, del agua, del aire, de la sal, de la tierra, casi un accidente, una metamorfosis, una suma de matices, un choque de instantes y de trozos de un cosmos a los que el artista da una nueva vida. Penetrar en las regiones áridas, en el desierto del Sahara y en las grandes llanuras norteamericanas o estepas siberianas significa experimentar el terror de las tormentasde polvo, tormentas de arena o polvareda, materia viva para sus piezas. Sí, Nadal seduce a partir de la naturaleza, pero de una manera diferente, en ese juego entre sólido y líquido.
Los artistas han pasado de imitar a la naturaleza a invocar la defensa de su no destrucción. Hay que confesarlo: nadie puede escapar de la naturaleza, sólo podemos desfigurarla. Como afirmaba Picasso:
“No se puede ir contra la naturaleza: ¡es más poderosa que el más fuerte de los hombres! ¡Nos conviene mucho llevarnos bien con ella! Podemos permitirnos ciertas libertades, pero sólo en cuestión de detalles”. [1]
A Nadal hay que reconocerle algo tan crucial como el haber abierto, a través de su personal abstracción, una nueva vía de expresión y sabido renovar enérgicamente un tema clásico, lo que prueba su fuerte personalidad en cuanto a sus convicciones artísticas y su más que evidente entronque con la Historia del Arte.
El acercamiento a la tridimensionalidad.
El alicantino comenzó muy tempranamente a estudiar las posibilidades físicas y de corpulencia de la pintura. El acercamiento a la tridimensionalidad hay que entenderlo como una consecuencia natural de los trabajos pictóricos. Ha necesitado siempre traspasar los lindes físicos del lienzo, a través de lo que el propio artista denomina “proceso de hibridación”[2]. Supera la planitud y sale de la tela, trasladando al suelo la gestualidad de su serpenteante trazo pictórico, Sus lienzos ganaron paulatinamente en volumen y comenzaron a cobrar mayor complejidad.
Nadal nunca es ajeno a las tendencias que se sucedieron en el arte y que cambiaron las prácticas creativas trasformando el concepto pictórico para siempre. No sigue estrictamente ninguna corriente estilística concreta; más bien la reinventa a través de su propio filtro conceptual, lo que le otorga una voz única y totalmente personal. Transita libremente entre distintas disciplinas artísticas, retroalimentándose y estableciendo un diálogo interesante entre ellas.
En esta misma dirección y en la búsqueda por suplir al cuadro estático y de dos dimensiones, se acerca inconscientemente a la tridimensionalidad y al constructivismo de la segunda mitad del siglo XX. En el último bloque de su producción artística se descubre un riguroso y profundo estudio de las formas geométricas, la luz, la ilusión óptica y la sensación inestabilidad de las obras del también pintor alicantino Eusebio Sempere, considerado el padre de esta tendencia en España.
Fiel a los planos lineales de color negro y las estructuras cinéticas, asimila inconscientemente aquellos principios que marcaron internacionalmente una época, tensión, movimiento e inestabilidad, dotándolo de su particular idiosincrasia y mostrando una versión pictórica y vibrante de aquel lenguaje de estructuras geométricas, a partir de la cuales, nadie mejor que Eusebio Sempere, supo trasformar en movimiento.
Premonitoriamente, el reconocido artista de Onil, escribía en 1956 en el periódico Levante, algo que tiene que ver con el modo de entender el arte Juan Carlos Nadal: “El arte del porvenir o, por lo menos, el más inmediato, correrá paralelo al cinético. El movimiento y las búsquedas espaciales empiezan a suplir al cuadro estático y en dos dimensiones; es por esto por lo que insistamos en que ha muerto la pintura de caballete. El cuadro, según lo que hemos entendido hasta ahora no servirá nada más que de punto de partida a las búsquedas encaminadas al dinamismo de sus elementos y para adaptar a los más nuevos descubrimientos de la técnica y de la mecánica actual.”
[2] Conversaciones con Juan Carlos Nadal, Valencia, 15 de junio de 2022.Existe una imagen que desafía la finitud de todo límite. Una imagen que podría representar el universo, el trazo, la energía que todo mueve o la invención de un mundo. Se trata de la “línea creadora” o “línea de vida” que los pensadores Gilles Deleuze y Félix Guattari construyeron a través de sus palabras en Mille plateaux. Es decir, una línea de bifurcación incesante que se conduce sin interrumpirse llegando al pliegue de la meseta. Allí se halla el infinito. Desplegar, doblar, estirar, retirar. Mille plateaux responde a todos los paisajes del mundo. La forma fractal con la que determinan Deleuze y Guattari la línea de creación es la misma que suscita el impetuoso trazado de Juan Carlos Nadal (Alicante, 1966). Su inspiración retomaría la acción pictórica de ciertos miembros de la escuela de Nueva York en lo que se determinó, a mediados de los años cincuenta del pasado siglo XX, como expresionismo abstracto o pintura de “tipo americano”. Esta fue inscrita en la historia del arte por Clement Greenberg[1], entre algunos de los críticos garantes de esta manifestación, resaltando entre las características de definición una importante relación con la acción del artista y su gesto deliberado, su inclinación por el all over o su interés por las representaciones de los nativos originarios de los Estados Unidos como motivos evocadores. Así, mediante el empleo recurrente de trazos que permanecen grabados como las estrías en la corteza de un árbol o los surcos del discurrir del tiempo sobre la capa terrestre, en la vida natural del mundo – fuera de toda historia humana-, pero, también, en las representaciones codificadas de las primeras expresiones no escriturarias de nuestros ancestros, observamos ese linaje pictórico entre los estadounidenses y Nadal. Y, a pesar del estudio de estos elementos como parte de su formación académica, desarrollo artístico y aprendizaje simbólico -al mismo tiempo que intuitivo-, este se inclina por una tradición experiencial donde el proceso de los materiales, el trabajo en el estudio y la pulsión del momento desean concretarse como los rastros que permanecen indelebles en la naturaleza y no simplemente como un correlato de esta en el plano artístico. De esta manera, la propia naturaleza -inabarcable, desmedida, sublime y, en ocasiones, terrible- brinda a la mente del artista de un repertorio de figuras, matices y pliegues que desenvolver en sus obras. “Nous ne parlons pas d’autre chose: les multiplicités, les lignes, strates et segmentarités, lignes de fuite et intensités, les agencements machiniques et leurs différents types, les corps sans organes et leur construction, leur sélection, le plan de consistance, les unités de mesure dans chaque cas”[2]. De aquí que escala y proporción, en una tentativa de modulación, nos adviertan de la multiplicidad de las líneas de fuga y de los agenciamientos azarosos y sorpresivos que se nos ofrecen en esas figuras serpenteantes y pliegues ondulantes de las piezas del artista.
Solcs es el nombre del proyecto que Juan Carlos Nadal presenta para el Espai d’Art Contemporani, el Castell (E CA) de Riba-roja. En él la pintura y la escultura, de factura diferencial, inciden en la materialización de los procesos, en el registro del movimiento, en la evidencia de los accidentes geológicos que invocan energías subterráneas o fenómenos de la naturaleza que rescriben el paisaje, la orografía, y que, en esta ocasión, parecen ser preservados a través de la mano del artista. Toda la obra, producida entre 2020 y 2021 -salvo unos dibujos premonitorios de 2019 que conectan con su exposición anterior, Noir Serpentin (2018) en la galería Aural de Alicante-, nos colocan sobre la idea de línea como surco, como comienzo y como propio destino. Puesto que esta línea, como decíamos en palabras de Deleuze y Guattari, es fractal como las serpenteantes hendiduras en la pintura o los plegados del aluminio en las esculturas de Nadal. Pero, estas también nos evocan a la línea de la vida. Las líneas de las manos, “ma petite ligne de chance”- como tarareara Anna Karina en Pierrot le fou (1965) de Jean-Luc Godard-, marcan como surcos el camino de nuestro destino. No obstante, ni la quiromancia puede leer con exactitud cuál será nuestro porvenir, ni la geología estructural o geomorfología puede determinar el sendero que se revelará ante nuestros ojos en la lontananza. Entre azar y elección, entre cruce y línea recta, todo serpentea. Hay algo que resta en la multiplicidad del pliego donde los surcos son más profundos y al mismo tiempo cambiantes. La composición de escalas, como escamas que se superponen o incluso se atraviesan las unas a las otras en repetición, continúan con el movimiento de reconocimiento de una historia: la extracción de materia prístina que revela los estratos del paisaje y de la pintura. Unas líneas envían a las otras. Unas capas envuelven a otras. Parece que se arremolinan a instantes para no acabar de despegarse de la unión en lo múltiple. La línea de la vida. Discontinua, sinuosa y tortuosa. Pero, si en las obras no hay una historia narrativa como tal, en las sustracciones de capas en la pintura o en el desplegado de las esculturas sí permanece latente una inclinación por dotar de un nombre a estos registros a través de los títulos de las piezas. Estos son fundamentales. En ocasiones, algunos mostrándose impronunciables – véase Pahoeoe (2018), Svartifoss (2018) o Tehaupoo (2018) por tomar un ejemplo de trabajos anteriores- y que se convierten en un recurso constante, como una clave hacia un acercamiento al mundo más terrenal y matérico. Algunos hacen referencia al hecho pictórico, al pensar y actuar de la pintura: Crosshatch (2021) significa rayado en inglés y Finger Flutings (2021) es el movimiento del dedo acanalando o marcando la pintura, o los dibujos de la serie Gestures (2019) que evidencian el trazo que dibuja la acción del artista. Otros como Bolinkoba (2020) o Gorham (2020) apuntan a la vida de nuestros ancestros en época anterior a la historia. La cueva de Bolinkoba es un reconocido yacimiento arqueológico en Bizkaia, mientras la de Gorham, en el peñón de Gibraltar, señala el fin de los neandertales por el reemplazo de los humanos modernos. Ambos lugares recogerían muestras de esos gestos expresivos previos a la escritura y que conectarían directamente con ciertas formas de hacer pictóricas. En el caso de Bohai (2021) nos situaríamos ante una formación física del paisaje: el golfo de China en el mar Amarillo. Otros títulos, remiten a fenómenos de la naturaleza como el caso de Cos d’aigua (2021) donde explicita la noción referencial para las superficies acuosas de cierta extensión sobre la tierra. Seaglint (2020) son aquellos destellos que produce la luz, el sol o el brillo de la luna sobre el mar, un río, un lago o cualquier extensión de líquido transparente. O Meandres (2021) que alude a la sinuosidad de un río de la misma manera que la pieza Serpentiform (2021) o la serie de pinturas bajo el mismo nombre (2020-2021). Y, por últimos, Ones (2021) que representaría ese mismo movimiento de ondulación. No obstante, los títulos nos hacen saltar de lo simbólico a lo críptico como una presencia permanente en su obra; solo explicitándose una forma sensorialista en el terreno material de las piezas. El poder evocador de los nombres presenta los trabajos enroscados en sí mismos. Estos no acaban de desvelar las obras. Estos animan a nuestra imaginación para que transite por los diferentes senderos que dibuja la línea de creación.
[1] Greenberg escribió el ensayo titulado “American-Type Painting” en el año 1955 donde presentaba un recorrido por los orígenes, los artistas, las obras y las formas de proceder de cada uno de ellos. Este documento se constituyó como el texto capital que rendiría cuenta sobre el expresionismo abstracto.
[2] “No estamos hablando de otra cosa: multiplicidades, líneas, estratos y segmentaridades, líneas de fuga e intensidades, agenciamientos maquínicos y sus diferentes tipos, cuerpos sin órganos y su construcción, su selección, el plano de consistencia, las unidades de medida en cada caso».
Deleuze, G., y Guattari, F., Mille Plateaux, Les Éditions de Minuit, 1980, p.p- 10-11.
